La Dolfina repitió su historia de potenciarse en etapas decisivas de Palermo: avasalló a pilará, ganó por 17-11 y llegó a su 10ª final.
Ya quita la capacidad de asombro La Dolfina Peugeot. Finalista de Palermo por décima vez en once años. Nada nuevo, si hasta cada año se cree que quizá no llegará al partido decisivo, por andar a los tumbos. Y muchas veces con no mucha sintonía entre sus hombres.
En 2010, la historia era la misma de los últimos tiempos. Pero con un agravante: esta vez el clima interno era denso, espeso. El desmembramiento de la formación en 2011, generado en términos aún no muy claros, era un condicionante negativo. Si Pilará Piaget, que venía entonadísimo, podía dar un golpe, la definición de la Zona A de este Argentino Abierto era la gran ocasión. Qué va: La Dolfina confirmó que es La Dolfina. Jugó la virtual semifinal como suele hacerlo, cambiando de cara, concentrado, con un Cambiaso encendido. Y a un rival de 33 de handicap, le asestó un 17-11 que llegó a ser 10-1.
Está en el ADN del equipo de Cañuelas esto. Lo admite su líder: Palermo es todo en la temporada. Y Palermo no necesariamente es cuatro partidos: se puede reducirlo a los dos decisivos. Es entonces cuando Adolfito juega 10 o más goles y La Dolfina merodea realmente los 40. Son lo que le importa de verdad al conjunto que, así y todo, desde 2005 sufrió una sola derrota (final de 2008) en el certamen máximo.
Ayer construyó la victoria en dos chukkers, los primeros. Porque los jugó como lo exigía la ocasión, como si el conjunto blanco hubiera entendido de qué se trataba el compromiso y no Pilará. Da la impresión de que el equipo azul no estaba, en el fondo, convencido de lo que buena parte del ambiente del polo sí pensaba: que Pilará podía. Que era posible eliminar al campeón argentino y al mejor polista, al que se transforma y se potencia a principios de diciembre.
No se demoró Adolfito en hacerlo saber. El estadio se dio cuenta pronto de que era uno de esos días de Cambiaso a 220 voltios, no a los 110 en que juega buena porción del circuito. Es cierto que no deslumbró como otras veces, pero impuso su presencia. Salvo uno insólito (ver aparte), no falló penales -sí tres córners-, pasó la bocha y habló. Pero también el resto de la alineación mutó de actitud. Bartolomé Castagnola fue el hombre sanguíneo de otros años; Lucas Monteverde y David Stirling se involucraron más. Todos comprendieron que perder era terminar la temporada, por cierto muy mala en caso de concluir ayer.
No pareció correr esa misma tensión por el espíritu de Pilará. No ganó las bochas divididas, cayó en demasiados fouls (por lo menos siete de Sebastián Merlos), no tenía casi posesión. Tardó 12 minutos en llegar con peligro al arco rival; el gol de su Nº 3 a los 5 del segundo parcial fue la única aproximación seria en dos chukkers. Su hermano Agustín no recibió la bocha arriba, y así el conjunto no aplicó la fórmula -Tincho huyendo hacia los mimbres- que le había dado éxitos en La Catedral. Entonces Pilará cambió el esquema: pasó a jugar corto, con trencitos, para ver si de esa forma capeaba el temporal. Lo consiguió, en parte, porque en los últimos seis períodos logró un global de 10-8. Pero en buena porción se debió a que La Dolfina, que había casi noqueado tempranísimo, se dedicó a jugar sin mancillar, a tomar funcionamiento para la final en la que ya se instaló. Una más.
Ahora, sin Mariano Aguerre. Ahora, sabiendo que el año próximo habrá nombres nuevos en Cañuelas. Pero con la esencia intacta. Porque este La Dolfina es el de siempre.
El gesto de Pelón Stirling
En el 8º período, David Stirling atacó hacia los mimbres del tablero. Su tiro alto fue dudoso y el banderillero lo dio por gol, pero parte de las plateas B y C silbaron en desacuerdo (era el 18-9). El propio Pelón indicó a los jueces que la bocha no había entrado en el arco y los referís revirtieron el cobro; el uruguayo recibió aplausos de espectadores que se dieron cuenta de su actitud. Antes hubo otros porque Adolfo Cambiaso alcanzó a Santiago Chavanne el taco que se le había caído al Nº 2 rival, un gesto típico en el polo.





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